“En la clínica donde murió mi hermana no había enfermeras y hubo graves fallas en la reanimación”

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enero 25, 2022

Daniel Cabeza, hermano de Arelis Cabeza, la joven que falleció el 21 de enero después de someterse a una cirugía estética con el doctor Yesid Martínez, denuncia negligencia e irregularidades en el procedimiento médico. La Secretaría de Salud cerró los quirófanos de la clínica mientras termina la investigación. Tres mujeres víctimas del cirujano denuncian graves afectaciones físicas y psicológicas.

Paola Portilla rompe en llanto al otro lado del teléfono. Solo ha pasado una semana desde la muerte de su mejor amiga, Arelis Cabeza, de 38 años, quien falleció en la madrugada del viernes 21 de enero, horas después de someterse a una cirugía plástica con el doctor Yesid Martínez Díaz, en una clínica al norte de Bogotá. Arelis dejó a dos padres destrozados y un hijo de nueve años que aún no entiende por qué su mamá no ha regresado a casa. Daniel Cabeza, su hermano menor, denuncia negligencias e irregularidades en las prácticas médicas de Martínez.

“Cuando murió mi hermana, en la clínica no había enfermeras y hubo graves fallas en la reanimación”. Daniel explica que la persona que intentó evitar el fallecimiento de Arelis fue un amigo que la había acompañado a la cirugía y no el doctor Yesid. “Las personas que estuvieron ahí me cuentan que el cirujano quedó en shock, no supo cómo reaccionar y le tocó al amigo de mi hermana hacer la reanimación hasta que llegó la ambulancia. Además, los equipos estaban lejos, desordenados e incompletos”.

Arelis era hincha apasionada de Independiente Santa Fe, había estudiado ingeniería industrial y llevaba varios años trabajando en el Invías. Paola recuerda que a su amiga le encantaba comer pizza y preparar arroz, carne en bisté y fríjoles. “Arelis era como mi hermana. Siempre que nos reuníamos pasábamos felices”, dice, “era una mujer muy buena, con mucha vitalidad. No merecía un final así”.

Mientras la Fiscalía y Medicina Legal resuelven las causas exactas de la muerte, la Secretaría de Salud de Bogotá decidió cerrar los quirófanos de la clínica del doctor Martínez por presuntos incumplimientos en los “estándares de talento humano, infraestructura, dotación, interdependencia de servicios y malos manejos en la historia clínica”. La Secretaría compulsó copias del caso al Tribunal de Ética Médica para que investiguen al doctor. En los próximos días, el Tribunal tendrá que decidir si el cirujano puede o no seguir operando y qué sanciones se le impondrán.

En entrevista con este diario, Yesid Martínez insiste en que hizo los procedimientos adecuados y afirma que no tiene nada de qué arrepentirse. “El cirujano al que no se le complica un paciente es porque nunca ha operado”, explica, Y continúa: “Uno como médico pone la cirugía y el paciente pone la recuperación”. Martínez asegura que Arelis salió bien de la operación y que no entiende qué pasó: “El cuerpo humano es una cajita de sorpresas”. Ante la pregunta de por qué la clínica no tenía los equipos y el personal necesarios para atender una emergencia como esta, Martínez responde: “Tú nunca piensas que algo así va a pasar, ella ya estaba para darle de alta. Le dije a la enfermera que me asistió que se fuera porque no pensé que esto sucediera. No soy Dios para saber lo que va a pasar después”.

La familia y los amigos de Arelis esperan que la justicia determine la responsabilidad del médico en su muerte y explican que en estos días de duelo les han llegado muchas denuncias de otras mujeres víctimas de las malas prácticas del doctor Martínez, quienes han decidido contar sus historias y exponer sus heridas para evitar que lo que le pasó a Arelis se repita. El Espectador habló con algunas de ellas.

Luz Estela Botero, 60 años, lipoescultura

Mi historia de terror comenzó el 4 de enero de 2020 en la clínica Higea de Cartagena. El doctor Martínez alquiló un quirófano y me operó. Salí con mucho dolor, pero estable. Me dijo que en tres días me haría la cita de revisión. No llegó nunca. La piel del estómago se me empezó a poner negra, negra, como quemada. El señor me llamó a decirme que era culpa mía. Después de mandarle fotos y de rogarle vino a verme y dijo que algo había salido mal, y que me haría otra cirugía para quitarme la piel dañada. El 15 de enero me operó de nuevo. Tuve que dejar de trabajar porque no me podía mover, me tocó buscar a una enfermera permanente por el dolor. Ella me destapó la herida para ver cómo estaba cicatrizando. ¡Oh sorpresa!, me había quitado una tajada del estómago y estaba superinfectado. Me puse a llorar, a gritar, estaba destrozada, casi me desmayo. Consulté a otros médicos y me decían: “Quién es ese matarife, cómo se le ocurre hacer eso”. Lloraba y lloraba, y él solo decía que era mi culpa. Fuente El Espectador

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